miércoles, 4 de marzo de 2015

Como un ganso en la tranquera del averno. Yolanda Valenzuela (Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos Pág. 23 )


Bendiciéndole el desengaño, el galán se niega a dejar de centellear en su oscuridad sin destinos, variar no le servirá nada más que para atropellarse.

Sin ganas de acabarse la última, cargado del asqueó que le da su congoja pretende arrancar sin motor, queriendo rodar sin ruedas, alargando.

El tamaño de su corazón chocó con un fascinante que cambia de color según el día, su desliz conductor moldea.

Jamás imaginó una independencia soñada, la desgracia que arraigada se empeña.

Palabras que le desencadenan socialmente, razón que tira a la tierra agradecida y sembrada, echa raíces en sus pies.

Admirado y deseado de obras rojas y naranjas, maduró con el sol que le ofrecí al amanecer, saliendo por mi montaña dorada.

La sagrada madrugada que no ha pasado todavía, el secreto que la piel encierra a cal y canto en algún lugar oculto de su armario.

La fantasía se volvió escenario haciéndolo desde atrás sin necesidad, empachado.

Cometiendo dos veces el mismo error, pasa por las mismas esquinas de mi cuerpo más allá de la posesión.

Solo con un beso su juicio se volvió blanco, sin parar de gozar la sensación yo le doy,  haciéndole llegar a la meta.

Sin razón, sin acariciar mi pelo en la noche cruzada, la impresión grande que provoca a su víbora de tres superioras.

Una secta que le exprime y manipula con frases que puedan anular su voluntad.

Convirtiendo el virus en mina acribillando sus mentiras, empobrecido inocente que no cambia por comodidad.

La música le transporta hacia un tiempo pasado, ha cambiado demasiado, hoy recupera la funesta sombra que fue.

Espejismo el que siente ahora, le estallan las sienes, su cerebro vago se imprime haciéndole mil copias de seguridad.

Demasiada nube de almíbar para su ansia que se resiste a desaparecer.

Demasiado admirable para su armadura, adulterado por el recuerdo y el alcohol rebajado, destruye su apología una vez más.

Cuando el torbellino acecha, siente que ha perdido la misión que no lleva su nombre, norte corrido.

No ocupa ningún lugar, solo ante su vacio concentra pocas fuerzas sin aportarse nada más que un momento de paz desgraciada.

En un abismo de momias con identidad conocida el ánimo está cerrado.

Eterno sin freno alucina, ahogado y transfigurado no quiere entender a su palabra que necesita libro.

Como un ganso en la tranquera del averno, resiste a incorporarse sabiendo que ahí es donde irá a parar su alma.

Salir del desierto para ir hacia el olvido cruel, su vida despiadada lo va corroyendo, nada real ampara su dolor.

Rompiéndose la poca cabeza, pesadilla de la cual no despierta ni lo desea.

Otra vez en su lecho cuenta las horas que le quedan a su calvario, su hipocresía tiene un camino de ojos impúdicos, nadie quiere cruzar por ese puente, le gustaría ponerse fin pero no sabe mirar de otra manera….


Extraído de (Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos) Pág 23 . Yolanda Valenzuela
 ©Lacomadrejaylalunaproducciones/monpetitartbonmarche by yles

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