domingo, 30 de noviembre de 2014

La nana que cruza. Yolanda Valenzuela (Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos Pág. 18)




*No es justo que no seamos capaces de cambiar la proporción de un régimen que está fracasando desde el umbral….

Con pequeños empellones, va tirando como puede, ya nada es factible ni dificultoso, ahora el tiempo vuelve a pasar de otra manera, siente que no ha asimilado nada, convirtiendo la arenisca en fango y la gota en témpano entendió que las cosas se pueden transformar en muchas formas.

Un sin fin de posibilidades, la tosquedad por instinto le jodio la teoría que tenia establecida, volviendo otra vez a deshacer sus procedimientos de charca, perdió el tiempo en lo que pudo, sin chicas caladas de despojos alegres, lo sobrelleva  puesto de ornamento en la cabeza.

Solo se vegeta una vez en esta existencia, en las otras a saber cuántas veintenas vivirán juntos, sabía que está era una mierda, si exasperaba decaía y si esperaba se abatía con facilidad,  entendía a través de las cargas, reproches y demás facultades que habían combinado para ella.

Guardando celosamente un triunfo que se resistía en salir a la superficie, pensaba en cuantas letras recoge su verbo, cuantas mentiras, usanzas y mañas tenía que aguantar, cuantas ilusiones arrancadas, cuantas dudas en ponchera caliente.

Se perdía en las tristezas sombrías de su realidad encendida, se repitió más que nunca, mudando siempre de tesis para acabar siempre en el mismo tópico, la esperanza que debía tener guardada en algún territorio oculto que yo no sé se aclaró con el sol que quería traspasar su alma.

La potencia que procede del centro de su dominio está llena cumbres, llena selvas, vació los ríos sembrando los campos, en pleno goce de su unidad y vida, sumergida en 500 noches, utilizando las mismas armas, combate.

 En su ofensiva poniéndose tierna ante un remoto que ya no volverá jamás, intentando conseguir una providencia de lago en un sentimiento quebrado que lucha por amar y ser amado, triste marcha por el pasaje del universo desconocido, esperando ser aceptada en la estirpe, esperando un prodigio que no llegará.

Sentada en la grada del sueño se miraban como traviesos, el mutismo que dio el abandono, el vestigio que deja el daño, la señal en este descanso de dignidad, lamentó las flores que se abrieron al paso, enfrentados con todo solucionado, tenia cuidado extremo en las máximas, guardia en la nube, aviso en la mirada.

Con un implícito revoloteo ciego su deseo  inmóvil sigue dentro de un ataúd, el gafe que le enmudeció, el chivato que no reventó, el gemido que no llegó es tan solo un poema impoluto en su cañada, generoso en su desplome, el anónimo cielo que se diseña junto a ella.

Pasándose las normas constituidas por la entretela, buscó nuevas formas de satisfacer al  animal, su sangre se funde con la arena, desperdicio en la mañana, el código disfrazado que abre el equipaje está cubierto por membrana mansa, se ve desierta en un organismo sin planeta.

Mientras desenreda su trenza, intuye que está por venir, gustoso el beso en cuerpo floreciente, en un secreto que tampoco será numerado, la confabulación del cautivo que no sabe todavía cuál será su censura, la nana que cruza cara a la lucerna echando de menos al consorte fallecido.


 Extraído de (Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos) Pág 18. Yolanda Valenzuela
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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Mi codigo da vinci . Yolanda Valenzuela ( La alevosia clandestina de mi verdad )



El verso que deje abatir a los asientos de una cama sin noche,
La canción que conmovió un corazón cosido a base de retales,
Fuera de catalogo,
Ser feliz con un manojo de pelotas en la mano izquierda,
Una varita fantástica en la derecha,
Siendo bruja en mí hacienda,
Músico en mi soplo,
Relámpago en mi entusiasmo,
Batiente en mis rocíos.

Convierto la captura en patrón convenciendo a las oscuras sombras de mi realidad hallé el tono adecuado a todos, lo que viví en un piélago de caramelo, el canal de su zampoña enmudece un árbol que está sano y vivo.

Encontré el tesoro,
Descubrí a su vez el poder del terreno,
Mina abonada en hora concedida,
Una herida de inconexa furia bramaba,
Dentro de un tornado pernoctaba en lo más subterráneo de su alma,
Cuando uno se acostumbra a lo querido es difícil pensar que todo es en vano.

Histeria breve que agudizo el poco ingenio que me quedo, nombrada reina oficial en el reino del edén en las inmodestias conjuro una estrategia que derrotara las tropas de mi oponente en un segundo.

Éramos solventes para el reciclamiento,
Continuemos en un camino que no tenía fin,
Convencí al diablo de que mi maldad es insuficiente,
Ir directamente al infierno,
Sin pasar por caja,
Volar en una nube aterciopelada.

Firme desemboca en un mar que intoxica y sonrosa, descanso barato en aliento perdido desunida lengua inútil que se deja llevar por un espejismo transitorio,  su organismo seria todo frutos.

Posible de una sola condición,
La ocurrente conmoción,
Semblante fruncido en una lumbrera que mira a la aurora,
Dentro de una canica ilusiona un ajeno cómplice de huida,
La corona apalea al borde de un precipicio.

Despejando el camino  veremos cuantas frases repetiremos y cuantas comerciaremos, hacendosa barreré mi castigo entre la excitación y el desvarío, el arte del disimulo, mi código da vinci sabe lo que está abrigando en este período.

Se altera,
Intenta ser rápido,
Incontrolado en sus movimientos,
Con rabia se desquebraja de una existencia vacía,
Anhela que nadie lo mire más,
Privanzas que se penetraran de modo incorpóreo.

Ataque rasero, frontal, encuentro casual, intentar distraerse sin derrochar fragmento, cada mirada de cada gesto, tristeza en los ojos , pánico en la pose, quedándome los minutos justos para oír la otra voz, me llevo a un fangal sin base y sin anfibios, cosquilleo, no pudiendo definir lo percibido, de hocicos rosas y entrada pequeña solo deseo ser besada como si el universo se terminara en este aliento.
 

yolanda Valenzuela
*Extraído de (La alevosía clandestina de mi verdad) pág.23



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