sábado, 16 de noviembre de 2013

Valentina * Final ( Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos )

Yo corrí desesperada por los pasillos de aquel laberinto, me quite los zapatos y me solté el pelo, llene una jarra con agua y entre cómo si no pasara nada, el no estaba, de repente lo oí gritar detrás de mí, dándome un susto de muerte, sin decirme nada, me cogió en brazos llevándome a su jardín de las delicias.

Sin derramar una gota, me dejo en el suelo, hecho el agua a su árbol de bergamota, lucia hermoso y parecía seguro de sí mismo, le di las gracias por todo, se puso a llorar aceptándolas, después de darnos el beso más largo del mundo.

Sintiendo como la tierra fundía nuestros cuerpos en ella, echando raíces en los versos que escribió para mí, devolviendo cada resuello de lujuria a su lugar correspondiente, llenándome la cabeza de preciosos pájaros de colores, entregándonos de manera absoluta.

Me dijo que me esforzara por amarle, que me mirara en su espejo y le dijera que veía en el, aquella frecuencia era imposible ya que el esfuerzo había sido no hacerlo, sus coordenadas eran libres en el espacio eterno de mis pensamientos.

Como las esmeraldas que lucían en mi cuello la primera vez que me encontró, conservaba el brillo y la belleza inmunes, su trazo era perfecto, su eclosión única, su caída solemne, sus lágrimas amargas, no dejaban de caer mientras me amaba.

De generosidad amplia para mis placeres, me deleito con una última función, mandándome lejos de la preocupación, su dulzura era tan especial que no podía reconocerla como algo normal, sus manos eran las de un fantasma pianista que sobrevivió a una guerra manteniendo intacto su arte hasta el final.

Dejando marcas en mi piel, arañado los segundos, haciéndolos perpetuos como un reloj de arena, nos divertimos como dos adolescentes entrando en una tienda de chucherías, nos escondimos para luego encontrarnos, dejemos el póker para entrar en el ajedrez, se quito la corona y me dejo ganar a pesar de todas las trampas.

Como un enganche a la morfina sin sentir dolor se manifestó una pérdida de consciencia, , su calor se extendió como una nube densa, me posé en la noche como una de las mariposas que correteaban por mi estomago cuando nos rozábamos el alma.

Trabajando día y noche, las envidias postradas a sus pies cual tenorio cortejando a doña Inés, no le importaba lo prohibido de su ser, no cedía derechos, escondía mis secretos bajo su almohada para luego hacerme bien la cama, me adentro en su bosque mágico para que pudiera hablar con las hadas.

Hizo una selección de sus frutos y me los dio a probar, con desdén se quitaba los meritos para cedérmelos a mí, era imposible que le echara de menos ya que él en realidad nunca se había ido.

Éramos como un sueño efímero que de fértil su cuerpo era todo cosecha, el chico de oro se transformaba en lingote para gusto de sus enemigos sin yo darme cuenta me apuntaban con el dedo, soltamos a las fieras que residían en los calabozos de nuestro inconsciente para darles de comer a los desgraciados que malvivían sin amor.

Con posesión me robaba los sentidos, para crear obras de arte que luego otros malvenderían, las rosas amarillas no paraban de brotar como el amor que sentía, sin poderlo evitar las arranco para hacer de ellas la bandera de mi emoción rasgada.

Se paró por un momento, me hablo de su elección, me hablo de sus sueños en los cuales aparecía yo, me eligió para partir con él a un mundo donde yo no quería ir, me pidió perdón para luego condenar mi voz al más dominante silencio, su fragilidad me corto como una hoja de afeitar.

Escape, me persiguió sin aliento entre la maleza de sus maravillas, me perdí para encontrarme un callejón sin salida donde a lo lejos se encontraba él con los brazos abiertos, me capto por un momento y me dijo que no tuviera miedo, me explico sus espinosas razones, llegue en el momento adecuado, había perdido la esperanza, me había enamorado para que muriera por él, para que lo hiciera junto a él.

Sentí una emoción que se engancho en mis oídos como una melodía que reconoces como tuya, necesite segundos para caer en sus redes, me basto una reverencia para acariciar su cara, hizo falta media noche para fundirme y subir hasta el infinito de mis sensaciones perdidas.

Me sedujo hasta llevarme a su casa del árbol, como una ardilla subí por sus ramas hipnotizada por su voz, allí se encontraba valentina, una niña que por las noches se escapaba de casa para invadir espacios ajenos, como una urraca se llevaba todo lo que brillaba, la sorprendimos fascinada con un libro de tapa plateada.

Hicieron un trato a mis espaldas, entre risas cómplices planearon su estratagema, se dieron la vuelta apareciendo así un ramo de mirto que él me dio, me miro fijamente, rompiéndome en pedazos, no sabía exactamente que quería hacer, hasta donde pensaba llegar, presentí que el momento llegaba, intentaba descubrir la formula con la cual pretendía poner fin a su condena.

Valentina nos casaría y se llevaría el libro de recuerdo prometiendo así no volver por allí, y así se hizo, la niña empezó a oficiar su ceremonia de mentira con una ímpetu y soltura impropia de su edad, como si hablara otra persona por ella, siguió todos los pasos le pidió permiso a la madre tierra, invoco al viento y prendió una hoguera para que se fueran los malos espíritus, bendijo el agua y nos dio unos anillos de espinas.

Sorprendidos con la pequeña hechicera, le preguntemos ¿porque anillos de espinas?
Entonces la noche se cerró y su pelo oscureció con ella, una mueca casi diabólica inundo su rostro, apretemos las manos, sobrecogiéndonos el momento, convirtiéndolo en algo trágico.

La niña se enfado mucho, nos dijo que éramos unos desagradecidos, que había amores dolorosos como muertes aseguradas por él, se dirigió a mi arrancándome el ramo de las manos, diciéndome que él me había condenado, que me había engaño y por lo tanto merecía el anillo de espinas.

La mando callar y le pidió que continuara, ella se negó en rotundo, hecho tierra en la hoguera, nos roció con el agua y el viento paro como por arte de magia, cogió el libro y se fue de allí muy ofendida entre sollozos.

El se derrumbo, creyendo en mi amor ciegamente, no me pregunto, vio en mi alguien que yo desconocía, sabía que haría cualquier cosa por él pero no quiso arriesgarse y me enveneno, mientras comía sus frutos de boca a boca.

No podía elegir, mi voluntad se había destruido por un gesto egoísta que dictamino una sentencia a su favor, alguien que sabia su destino y alargo la mecha al encontrar alguien a quien amar, teniéndolo todo, vivía encarcelado y buscaba ángeles para rodearse por si la muerte aparecía por sorpresa.

Renegaba de su reinado, siempre huyo de sus poderes, dejo que otros llevaran su corona, regalaba su vida a cambio de complacerse de la libertad que quita un pueblo, yo nunca quise ser Julieta, olvide que si me devolvió la vida podía quitártela también, no pude juzgarlo, no pude condenarlo, no pude soportar la idea de pensar que el se iría sin más, no quería perder la esencia que lucía con la maestría que tiene un verdadero caballero.

Eligiendo ese momento para partir los dos, se saco de la manga un as que mantenía guardado y me proclamo su mujer ante los ojos de la luna que en pleno preludio entraba por la ventana de esa casita de chocolate, rehízo el ramo de mirto y encendió una vela,
Me puse a llorar, entrando en la angustia y la ilusión encontré la línea precisa que me llevo a decir sí, me pidió que lo repitiera varias veces, me pidió la vida , mi pidió las esperanzas que tenia, me soltó en medio de su volcán antes de que entrara en erupción.

Todo se cubrió de un rojo intenso, nuestros cuerpos se encendieron de nuevo, llegando las llamaradas hasta el cielo, me deje disfrutar para que el pudiera estar en su centro, le di una tregua al azar para que sacara dobles, alzándome al vuelo una vez más.

La intensidad del momento era precisa, descifrada en su hechizo, llamando a la ultima pasión convirtió mi deseo en algo vital, forzando a los grandes corazones, removiendo mis carnes, la sangre bombeaba como un tango en buenos aires, nos cominos la noche, nos bebimos la madrugada, exprimiendo la mañana para morir en mediodía.

Nuestras vidas se desvanecieron mientras nos amábamos por última vez, cumpliendo mi último deseo, cayendo en el profundo sueño que nos llevo al otro lado del cual no despertaríamos jamás.

Yolanda Valenzuela
*Extraído de( Arrieritos somos y en el camino nos estrellaremos) Pág 02 ( Final *Valentina )
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