viernes, 12 de julio de 2013

Brujería episcopal . Yolanda Valenzuela


Ni ella ni su décima parte, ni ella ni sus ojos...

Erase una vez una depredadora de sueños, su mundo era leche con cacao, era creyente
estaba dispuesta a ser bautizada, latía como un monstruo sin padre llena de condición.

En su brujería episcopal, miraba hacia atrás y no veía una puta mierda, pensaba lo que pensaba en la vida y los que no pensaban igual se quedaron atrás, porque ella no iba a esperar a nadie.

Quería mantener su quimera, sus vistas, su entrada, su cuerpo enlazado entre sus dedos, sorprendida le había dejado con su traza, se perdía en sus espejismos, no quería despertar, porque era ahí donde quería perderse ahora.

Mañana si dios tiene algo que decir ya obrara en sentencia y ya sabemos que dios es rápido de cojones....

Navegaba por el deseo de asumirla entre sus brazos, sigiloso como una lluvia que apenas cae, le había soñado tantas veces, lo había visto en tantas instituciones, no quería otra cosa que obtener.

Ahí que ser gilipollas pensé yo en esta existencia estúpida, torpe como ella sola, había que estar, sorda, ciega y muda.
Caminara sobre las brasas de nuevo, se tumbara sobre los cristales rotos, estará tan anclada en su ser como siempre, solo un milagro le salvara de toda esta condena qué parece no tener fin nunca.

Sabía que se había equivocado tanto, como aquel que es capaz de entrar en una guardería y matar a todos los niños que encuentre a su paso…

Estaba pensando en rendirse, renunciar a todo, dar la satisfacción a los satanes de verla caer con todos sus errores, el precio era tan caro que no sabía tan siquiera si podía pagar a plazos, n
o acabara nunca esa condena, porque una vez había aparecido solo quería mas y sabia que eso ni podía ser.

Se había quedado tan hechizada de su divinidad que lo demás perfectamente podría ser secundario, soñaba con el momento de poseerle como si fuera el mismo verbo en el mismo verso.

Cerraba los ojos, veía su cara, esa sonrisa de relámpago, candoroso, sin saber quién es todavía ni de dónde viene, ni qué edad tiene,  ni a que dedicar su tiempo libre…


Hacia tanto tiempo que no le sentía ahí en su pecho que ahora buscaba nuevas expectativas, para romperlas todas tal día como hoy.
De nuevo se volvía a rodear de los mismos ángeles, solo ellos sabían de qué color era su sangre, a qué velocidad latía su corazón, cuantas pulsaciones tenia por minuto y que le provocaba taquicardia.

Como ayer, no había aprendido nada, no era tan solo un jarrón roto en mil pedazos, una reliquia que alguien mancilló con su pecado haciéndola tan impura como el veneno que abre su caja de los truenos.

Sino fuera por las pistas ya habría acabado hace rato con todos los fallos…
Yolanda Valenzuela
*Extraído de (Estancias) Relatos y otras mandangas Pág. 22
A todo/as los petardos perdedores, enhorabuena ya podéis copiarme, gratis y sin censura.
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